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Disertará en Luján de Cuyo la historiadora Viviana Frías, tataranieta de Eustaquio Frías, granadero de Sán Martín

En la sesión de este jueves se presentó un proyecto para destacar la visita al departamento de la historiadora e investigadora Viviana Frías.

Luján de Cuyo 28 de julio de 2022 Redacción
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Eustaquio Frías Trabajo de restauración Digital / Claudio Bello

Se inicia el mes Sanmartiniano en el Concejo Deliberante de Luján de Cuyo y por ello se aprobó en la sesión de hoy jueves un proyecto para destacar la visita al departamento de la historiadora e investigadora Viviana Frías, quien es sobrina tataranieta de uno de los últimos granaderos de la gesta libertadora Eustaquio Frías.

La concejal Patricia Tahan explicó que se ha adherido a las actividades organizadas por la Asociación Cultural Sanmartiniana que incluye un acto por los 200 años de la entrevista de Guayaquil (entre Simón Bolivar y José de San Martín en la actual república del Ecuador) que tendrá lugar mañana viernes 29 a las 10,30 hs en la plaza departamental  y el sábado 30 en la Usina Municipal del Arte, a las 10,30 hs. una disertación de la especialista en la vida y obra del granadero y héroe nacional, el salteño Eustaquio Frías.

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Trabajo de restauración Digital / Claudio Bello

Andrés Sconfienza, titular del HCD, recordó que el 1 de agosto es el Día del Ejército Argentino, el 17 el paso a la inmortalidad del héroe máximo argentino e hizo hincapié en que el 24 de agosto es por ley el día del Padre en Mendoza e instó a que se celebre esa fecha en que nació en Mendoza la única hija del prócer, Mercedes Tomasa. 

Quien fue Eustaquio Frias.

Eustaquio Frías fue un héroe salteño y un granadero de San Martín. Pocos saben de su existencia. Para muchos será un nombre anónimo. Un desconocido. Sin embargo, fue uno de los grandes próceres que dio la Patria y, no creemos equivocarnos si decimos que fue un hombre de principios verdaderamente Sanmartinianos. Bueno, no podría ser de otra manera siendo un granadero de San Martín.

Nació el 20 de setiembre de 1801 en Cachi (Salta), lugar que escasos argentinos conocen. Era hijo del comandante Pedro José Frías Castellanos, que perdió una pierna en la batalla de Tucumán, y de la patriota María Loreto Sánchez Peón y Ávila. No tenía cumplido los quince años cuando, en Mendoza, en 1816, y con el padrinazgo de Mariano de Necochea, se incorporó como cadete en el Regimiento de Granaderos.

No realizó el cruce de los Andes junto con el ejército de San Martín. Pero apenas un año después, en 1818, con solo 17 años, fue trasladado a Chile con el último batallón de Granaderos y participó de la campaña de Chillán. Luego partió al Perú con la Expedición Libertadora, ya ascendido a cabo 1°.

Hizo casi toda la Campaña del Perú bajo las órdenes del entonces Sargento Mayor Juan Galo de Lavalle. Fue destinado a la División Volante del general Juan Antonio Álvarez de Arenales, participando en la toma de Ica y luego en la Batalla de Nasca, el 14 de octubre de 1820, en el primer encuentro armado de la Independencia. Estuvo en Cerro de Pasco y Callao.

Fue uno de los 96 Granaderos a Caballo que vencieron a más de 400 realistas en la elegante osadía de “Riobamba”.

Las cumbres del “Pichincha” también lo conocieron y estuvo en “Junín”, siendo uno de los 120 elegidos que se bañaron de Gloria ese día de agosto de 1824.

A las órdenes de Alejo Bruix[1], fue una de las ochenta lanzas que brillaron bajo el violento sol peruano de un lejano 9 de diciembre de 1824, en un lugar llamado “Ayacucho”. Era uno de los últimos ochenta Granaderos sobrevivientes de toda la Gesta Libertadora que pelearon en aquella Batalla épica, la última gran batalla de la Guerra de Independencia Americana. Su sangre regó aquel suelo sagrado, manada de una herida en el muslo.

Vuelto al país, siendo el Portaestandarte del Regimiento de Granaderos a Caballo, partió a la Guerra contra el Brasil. Se batió con bravura en “Ombú” bajo las órdenes del inmortal Olavarría. Héroe en “Ituzaingó” en donde ganó sus galones de Capitán.

Era “lavallista”, y cuando Lavalle se alzó en contra de Dorrego, unió su espada a la del “León de Riobamba”. A fines de 1830, ya derrotado Lavalle, y cuando se estaba organizando la campaña contra la Liga del Interior, fue convocado para la misma. Pero escribió al gobernador Rosas, pidiéndole su pase a retiro, ya que “…pertenezco al partido contrario al de V.E. y mis sentimientos tal vez me obliguen a traicionarle, y para no dar un paso que me desagrada, suplico a V.E. se digne concederme el retiro….”

Siguió luchando con distinta suerte en el bando unitario. El 1852, se unió al Ejército Grande de Urquiza, y luchó con él en “Caseros”. También estuvo presente en “Pavón”.

Después acompañó a Emilio Mitre en las batidas al indígena del malón: una campaña larga, de punzante pobreza, demostrando heroísmo en encuentros verdaderamente bárbaros, sin disminuir el tropezón diario con la traición y la muerte, el mano a mano con el frío y el hambre.

Cuando llegó la Guerra de la Triple Alianza, en 1864, volvió a ofrecer sus servicios, pero no fue aceptado a causa de su avanzada edad. Tenía entonces 63 años.

Ya anciano, su generosa memoria sirvió a Mitre para ilustrar la Campaña Libertadora. Sus recuerdos sirvieron para construir la Historia de la Independencia Americana.

Ya en el final de sus años, una vez le preguntó el Presidente Carlos Pellegrini si conservaba alguna de sus espadas usadas en las campañas de la libertad, y él le contestó con voz pausada:

“No, aunque he cuidado mucho mis armas, porque la Patria era pobre y yo también. El sable que me regaló Necochea en Mendoza, lo rompí en Junín. Ya estaba algo sentido….”.

Murió de casi 90 años, en 1891, en la Ciudad de Buenos Aires.

Sus venerables reliquias duermen el sueño de los justos en la Catedral de Salta, en el Panteón de las Glorias del Norte.[2]

¿Su nombre? ¡Teniente General Eustaquio Frías, Granadero de San Martín!

Junto a estas líneas puede verse una imagen del Prócer. En ella se pueden ver sus ojos azules, muy azules, los cuales en sus retinas aún conservan las imágenes de tanta gloria.

Y un detalle especial. Su oreja. De ella pende un aro. Ese pedazo de metal tenía un sentido de pertenencia del cual muy pocos pudieron disfrutar. Ese aro lo señalaba como Granadero a Caballo. Sí, aunque parezca increíble, los Granaderos a Caballo usaban aros. Pero no eran aros removibles, sino que una vez puestos no podían sacarse más. Primero, su presencia servía para identificar a los soldados que revistaban en el Regimiento. Y segundo, su ausencia -y por ende el agujero en la oreja vacío- delataba al desertor…

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