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Demonizar un deporte para justificar una sociedad violenta.

Un joven de 19 años de la ciudad de Buenos Aires murió en la madrugada del sábado como consecuencia de los golpes que recibió durante una pelea fuera de un boliche, y por el hecho fueron detenidos 11 jugadores de rugby de un club de Zárate.

Sociedad 20 de enero de 2020 Nota de Opinión - C. Bello
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Fotografía Gentileza Ilustrativa

Un joven de 19 años de la ciudad de Buenos Aires murió en la madrugada del sábado como consecuencia de los golpes que recibió durante una pelea fuera del boliche Le Brique, de la localidad bonaerense de Villa Gesell, y por el hecho fueron detenidos 11 jugadores de rugby de un club de Zárate, informaron a Télam fuentes judiciales y policiales.

Según indicaron las fuentes que la riña habría comenzado en el interior de la discoteca y terminó en la vereda, donde el joven fallecido, identificado como Fernando Báez Sosa, recibió un fuerte golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente.

Pero, definir la salvaje agresión a un joven por grupo de inadaptados como parte de la “cultura rugbier” parece, más que una generalización, un despropósito. En todo caso forma parte de una sociedad que convive con la violencia cotidiana en todos lados: en la política, en las escuelas, en el ámbito laboral, en los estadios de fútbol, en las familias y, por supuesto, también en los clubes de rugby.

El deporte es una caja de resonancia de la violencia que anida en la sociedad. Se lo ve en distintas disciplinas, tanto adentro como afuera de los campos de juego. Pero eso no habilita a identificar a la violencia con la cultura del deporte en general, y de ninguno en particular.

Lo que se ha visto en este caso es una agresión incalificable por parte de un grupo de jóvenes jugadores de rugby contra un hombre en la vía pública y en manada, mientras son filmados. Son conductas salvajes, injustificables, que por supuesto deben ser sancionadas con penas ejemplificadoras y que, seguramente, avergüenzan al club al que pertenecen los agresores y sus cómplices, que también forman parte del ataque.

Sin embargo, parecería que lo que genera mayor indignación en este hecho de que los violentos pertenezcan -aparentemente- a un ámbito social privilegiado, con mayor acceso a la educación de calidad y ventajas comparativas de todo tipo. Esa circunstancia, en todo caso, debería computarse como agravante. Pero nada justifica que la violencia de una pequeña patota se identifique con la cultura o con los códigos de un deporte.

Sería cuestionable, sí, que el club al que pertenecen los encubriera de alguna forma o minimizara lo ocurrido. En ese caso podría hablarse de una actitud indebida de la institución, que tampoco tendría por qué emparentarse con el resto de los clubes de rugby del país, donde juegan miles de chicos sanos, como en tantos otros clubes de fútbol, básquet u otros deportes.

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